Un cuadro de Los Querubines de Raffaello Sanzlo colgaba en la pared del cuarto que alquiló Paula en Firenze durante su visita. Había leído reseñas del hostal en Booking donde turistas norteamericanos lo describían como ‘muy antiguo y le falta remodelación’, pero jamás imaginó aquello.
La señora María la recibió en el segundo piso, donde estaba ubicada la recepción. María era la única persona que trabajaba allí y hacía todo a su manera. Con 83 años, anotaba a mano los datos de cada huésped, entregaba el recibo en papel y sin ningún apuro enseñaba la habitación, el baño y todo lo demás ubicado en el piso de arriba. A parte de una hoja arrancada y pegada en la pared donde se podía leer la contraseña de wifi en birome azul, ‘La casa de María’, parecía detenida en el tiempo.
Paula se alegró. Los lugares que se resistían a la modernización eran una gran fuente de inspiración y esperanza. Pensó que quizás más tarde escribiría sobre María y que probablemente la noche se tornaría un poco oscura, fría y silenciosa. Los cuadros medievales en cada rincón, los espejos opacos, los muebles antiguos y las puertas de quinientos años le atraían y a su vez le erizaban la piel.
A pesar de sus miedos, Paula durmió plácidamente esa noche y despertó con ganas de verlo todo. Antes de ir a conocer la Basílica, caminó un rato por el barrio para perderse y entró en lo que parecía una pequeña librería. Todas las paredes estaban repletas de libros y era muy difícil ver a simple vista una pequeña abertura donde comenzaba un largo pasillo. Siguió el misterioso pasillo y se encontró con una simple cafetería que formaba parte de la misma librería. Había tan solo cinco mesas y más libros. La temperatura era ideal comparada con los dos grados del exterior que amenazaban a los turistas desacostumbrados al frío europeo. Se sentó y pidió un café americano. Una chica japonesa llamada Koi atendía a los pocos visitantes.
Paula se sentía a gusto y recorrió con la mirada los títulos amontonados en los muebles. Había libros sobre la revolución italiana (‘Risorgimiento’), manuales sobre economía circular y obras feministas. Nunca tuvo tantas ganas de saber italiano como en ese momento y mientras fantaseaba con la idea de vivir allí un par de meses para solo leer, escribir y comer, sintió la presencia del hombre en la mesa de al lado. Le llamó la atención que el señor no parecía ni joven ni viejo y que además examinaba unos libros grandes de tapa dura pero sin abrirlos, como quien mira unos zapatos antes de comprarlos.
Paula no entendía porque el hombre se resistía tanto a abrir los libros y justo cuando estaba por volver a su café y fantasía, sus miradas se cruzaron. Por la misma presión de su propia inquietud, le preguntó: ‘¿Qué son esos libros?’. Aliviado por la interrupción de sus pensamientos obsesivos, contestó: ‘Son obras de un fotógrafo italiano. Se llama Mocasic. Lo vi en la vidriera y el chico me dijo que podía entrar y ojearlo. Pero todavía no me animo a volver a mi mundo’, y agregó: ‘soy Richard’.
‘¿Tu mundo?’
‘Si, mi mundo. Cuando estaba en Inglaterra vivía de la fotografía, era mi pasión y mi trabajo. Pero lo perdí todo después del Covid y bueno, acá estoy’.
El inglés tenía el pelo largo, blanco y rubio, echado hacia atrás. Sus ojos eran azules y brillantes. Su piel era envidiable. No debía tener más de 50 años y se podía ver lo guapo que había sido en su juventud.
‘Soy Paula, un placer’, dijo con piedad.
‘¿Qué tal Paula? ¿Qué haces por aquí?’
‘Estoy de vacaciones. Vivo en Australia, soy Argentina pero mi familia vive en España. Vine a Europa de visita. ¿Y vos? Italiano seguro que no sos’
Con un inglés britanico y carrasposo, Richard le contó que vivía en las calles de Florencia desde hace tres años. ‘Ellos, los poderosos, nos arruinaron la vida con el Covid. A mi por lo menos. Me quedé sin trabajo y bueno, pasaron muchas cosas y no te quiero aburrir ni asustar. No estoy orgulloso de ser homeless, quiero salir adelante. Me preocupa que nos lo vuelvan a hacer (ellos, los poderosos). Igualmente me baño casi todos los días, eso sí. En Florencia hay iglesias muy generosas’.
Paula notó como Richard bajaba la voz para hablar de la pandemia. Un señor se sentó en la única mesa desocupada. Koi se acercó a dejarle un capuccino. ‘Aquí tiene, profesor’, le dijo la japonesa. El profesor observaba a la dupla que conversaba de mesa a mesa sorprendido. Cualquiera hubiera tomado a Richard como un loco, pero Paula no. Ella también temió por su salud mental después de los años de cuarentena y enfermedad, de los cuales nadie quería hablar. (¿Por qué después de cuatro años todavía la gente baja la voz para hablar del daño que nos causó la pandemia?)
‘¿A qué te dedicas Paula?’
‘Trabajo en marketing pero lo que me gusta es escribir’
‘¡Bueno seguro que en Australia debe haber muchas historias por contar!’
‘No te creas. Últimamente me siento estancada, como si mi vida no fuese suficientemente interesante. Creo que deberia hacer algo especial como un viaje en bicicleta por África’
Escritoras como Clara Obligado, Isabella Allende y Alejandra Kamiya eran faros para Paula. Su capacidad de narrar las historias cotidianas de sus barrios, de usar a sus vecinos y familiares como personajes de maravillosas historias, de transformar sus ordinarias vidas en atrapantes conflictos, le enseñaban que una puede escribir desde su propia casa, como el gran Garcia Marquez, quien encontraba inspiración escribiendo noticias en el periodico local de su pueblo.
Richard sintió un profundo consuelo al poder conversar con alguien de arte, de libros y de pasiones. Sonreía. La sonrisa de los locos. Los locos honestos. ‘Escribe Paula, escribe sobre lo que me ocurrió ayer en la iglesia’, dijo sentado en la punta de su silla. Richard bajó aún más la voz. «Casi todas las mañanas voy a meditar a la misma iglesia. No necesariamente por Dios, sino por el silencio y la calma. Me tapo los ojos con un sweater para que la luz no me distraiga, y medito. Medito, medito y medito. No molesto a nadie, solo medito. Hasta que ayer, ese cura, el cura soberbio, me apuntó con su dedo y me dijo que me vaya. Me agredió y gritó que yo no tenía nada que hacer allí. ¿Puedes creerlo Paula? Un cura, un maldito cura, interrumpiendo mi meditación”. Richard hizo una larga pausa y continuó: ‘pero no te creas que yo me iba a dejar echar. No, no, no. Le conteste que esta no era su casa, sino la casa de Dios y que él también es un invitado. Y adivina que! Sabes quienes me defendieron? Las monjas! Si, las monjas. Se acercaron y lo tranquilizaron, me sonrieron con empatía. Quién lo hubiera dicho, ¿no? Yo creí que el cura siempre era el jefe de la monja’. Paula se reía y agradecía por dentro que Richard tenía una amiga, aunque sea una monja.
Hace casi una hora que conversaban y Paula sintió que ese era el final perfecto para retirarse. Se levantó para pedir la cuenta y pagó por su café y el de Richard. Al darse cuenta, Richard le agradeció y agregó: ‘Escribe Paula, no hace falta ir a África para contar una historia’.