Isabel no alzó la vista de la tabla de planchar cuando escuchó a Oscar entrar por la puerta. Hacía un calor infernal. Estaba en el patio delantero de la casa y vió por el rabillo del ojo los zapatos de su hijo antes de que abriera la reja. Hacía años que esa puerta chillaba pero una mujer como ella no podía vivir sin saber cuando alguien entraba y salía de su casa. Es así cómo cerraba los ojos y conciliaba el sueño las noches que tenía miedo de que Oscar no volviera. Le bastaba escuchar el portazo y los suspiros cansados de su hijo para saber que era él quién por fin llegaba.
Pero ésta vez fue distinto. Respiró aliviada al verlo regresar pero una vez calmada la angustia, el enojo arrasó con todas sus emociones y siguió quitando arrugas como si nada. Lo quería abrazar pero se contuvo. Solo una madre comprende que la guerra fría del silencio es peor castigo que el enfrentamiento.
Por el contrario, Liliana corrió a los brazos de su hermano que la esperaba en cuclillas, sonriendo. Lo beso, lloro y le pego con cariño en la cabeza con las manos y con preguntas. Pero Oscar la miraba a Mónica, quien sentada en la silla de muñecas y con la cara empapada de lágrimas, entendió todo: si mamá todavía no enfureció es porque está preocupada, y eso en los años 70 y en la calle Vilela, es grave.
¿Qué pasó en las últimas dos semanas? ¿Nos dirá en algún momento dónde estuvo o esto también irá a parar a la caja donde mueren los secretos? ¿Cuántos kilos había perdido?
Oscar entró a su habitación y nadie dijo nada hasta el almuerzo. Mónica se quedó quieta donde estaba, hacer cualquier cosa que no sea hablar con su hermano parecía inutil. Solo se oía a Liliana que hacía más ruido de lo normal para intentar llenar los vacíos que dejaba el silencio de su madre.
‘A partir de hoy, a la escuela, a casa y a cualquier lado que vayan las va a acompañar mi amigo el pescado’, les dijo Oscar a sus hermanas después del primer sorbo de soda y antes de que sus vidas cambiarían para siempre.