Esperando al Ciclón

En el pueblo de Nusa roban una vez por mes, niños que roban bicicletas. Basta con que el crimen sea un poco más severo que adolescentes llevándose lo que nos es de ellos para que la gente pase dos o tres semanas hablando de ‘viste lo que pasó’. Las peores tragedias son choques en auto y hay una sola iglesia donde se hacen las misas. La ruta más vieja tiene 70 años y es la que protege a sus habitantes de lo que no es Nusa. Los encierra entre ella y el mar. El océano nuseño es celeste transparente en los días de sol sin viento, verde cuando está nublado y azul intenso cuando sale la luna.

En Nusa no pasa nada. Nadie tiene poco, a nadie le falta nada y todos parecen estar conformes. No hay prostitutas en la calle, no hay mujeres y niños pidiendo dinero, y mucho menos hay hombres sin trabajo. Si no sos surfista, sos ciclista, o barista, o tienes un negocio propio. En Nusa las personas no reclaman, no paran, no protestan. No pasa nada. Es un eterno feed de instagram en loop donde la gente es bonita. 

El viernes los despertó la noticia de que un Ciclón amenazaba con llegar a sus costas. Se esperaba que llegara el jueves, dentro de seis días. En los cafés, en la playa, en el mercado, los trabajos, las escuelas y los grupos de chat hablaban del ciclón que venía. Cientos de surfistas llegaron de otras zonas en sus camionetas atiborradas de tablas y más personas. Cuando hay Ciclón, hay olas, más olas y más grandes. Durante tres días, dentro y fuera del mar, solo se habló del ciclón que pronto llegaría. Veintidós posteos en el grupo de facebook y más de 1,500 comentarios donde Mark, Zack, Helen, Melanie y otros cientos de orgullosos locales indicaban a las nuevas e inmigrantes generaciones cómo prepararse para la llegada de Alfred, el ciclón.

Todos en el pueblo de Nusa guardaron lo que tenían en sus jardines, hicieron lugar en los garajes para guardar los autos, y leyeron entre diez y quince veces las últimas novedades de Alfred quien amagaba con soplar en la tierra o quedarse en el mar abierto. Periodistas, mediáticos y simples mortales informaban de cada movimiento de manera frenética con dibujos incomprensibles de flechas, círculos y probabilidades. Vendrán vientos de 150 kilómetros por hora, riesgo 0, 250 kilómetros por hora, riesgo 2, 1000 kilómetros por hora, riesgo 5. Una vez sembrado el pánico, el círculo vicioso de estadísticas volvía a empezar y el riesgo bajaba de 5 a 0, y así. Todos esperaban el ciclón. Todos excepto Juan.