Infancia 3. El Viento

El viento 

Lo que más disfruto de andar en bicicleta es el viento en la cara. Despega lo estancado en las paredes de mi mente, trae nuevas ideas y seca las lágrimas. 

Es el mismo viento que me sacaba de mi casa cuando todo se prendía fuego. A veces me arrastraba hacia la casa de alguna amiga y a veces me levantaba por los aires. Me dejaba flotando por la calle debajo de un cielo inmenso. Traía los ruidos lejanos de la autopista a la seguridad de mi barrio. Caminaba por horas en su compañía, chusmeando lo que pasaba en las casas de los vecinos. Fumaba mis primeros cigarrillos. Observaba mis pies, pateaba piedritas, ladraba un perro. El olor fresco de la noche, las esquinas que se evitaban a toda costa, siempre estaba apagado el poste de luz y daba miedo. Algún padre en traje llegaba tarde y me saludaba con la mano. 

El viento agitaba las copas de los árboles y se hacía tarde. Me susurraba que ya era seguro volver. Esperaba que todos durmieran, que el tornado haya cesado y poder deslizarme como una pequeña brisa hacia mi cuarto. Los tornados dejan rastros y en mi casa quedaba el silencio. Solo soplaba el viento.