Hay una foto que se luce en la heladera de mi casa hace 20 años. Es la favorita de mi madre, mi hermana la desprecia y a mi me encanta.
En esta maravillosa fotografía estamos las dos hijas mirando a la cámara con la pileta de fondo. Mi hermana, muchísimo más alta que yo, parece obligada a posar. Se la ve incómoda y ansiosa por volver a nadar.
Imagino que es mi madre la que está detrás de la cámara, agachada para quedar a nuestra altura, tapando el sol con la mano e insistiendo con que nos quedáramos quietas por un minuto.
Las dos tenemos puesto mallas enterizas. Es verano y pasamos toda la tarde en el agua con cloro. No nos sacamos las antiparras para la foto y eso es lo que la hace tan graciosa. Nuestras caras arrugadas parecen de viejitas, con los pelos aplastados, los cachetes forzosamente caídos hacia abajo, las narices y las bocas fruncidas, sin darnos cuenta de lo ridículas que nos veíamos. Seguro que por eso mi mamá se ríe.
Yo me veo muy cómoda, con la pierna cruzada sobre la otra, imitando a alguna modelo que habré visto por ahí. Y aunque soy mucho más petisa que mi hermana, la agarro de la cintura, como diciendo, ‘pará, vení, mirá, mamá nos está haciendo un recuerdo’.