Infancia 1. Huellas en el cuerpo 

Torpedito, culo inquieto, corre caminos, imposible de parar y terremoto. El día que me caí del sillón de mi casa y me abrí la pera de par en par le di la razón a mi madre, para siempre. En la casa solo se escuchaba el ruido de la televisión y el paquete de galletitas que devoraba con placer criminal cuando sonó el teléfono. Si hay algo que extraño de mi infancia es ese inconfundible sonido aturdidor y excitante. Eso y los días que me quedaba sola y revisaba todos los cajones ajenos, donde encontraba cartas, cigarrillos, forros y secretos.

En vez de pararme del sillón y caminar hacia el teléfono como haría cualquier ser humano, yo dí la vuelta y salté desde el respaldo, cayendo de cara al piso, más bien de pera al piso, y formando un charco de sangre que esa noche alguien limpió. 

Como en mi casa no había ni el loro, salí corriendo en busca de la siguiente persona en la jerarquía de responsabilidad y confianza, el jardinero Hugo. Rápidamente subimos al auto y encaramos a la salita del barrio donde el médico se encargó de todo, Hugo se desligó y mi mamá se enojó. 

La marca que tengo en la pera es todo lo que soy y me recuerda la peor de las noticias. Mi vieja tenía razón.